
Es cierto, ya no te odio. Creo que jamás llegué a hacerlo, aunque fueras buscándolo con todas tus fuerzas.
Releí una conversación que tuvimos. Sabes que me gusta guardarlo todo. La última que tuvimos sin más reproches que los necesarios, unos minutos de calma en toda la tormenta, en todo el caos en el que nos metimos. Asumo mi parte de culpa en todo aquello. Ni tu ni yo merecíamos acabar como dos extraños. Y hoy, después de tanto tiempo, te creí. O al menos conseguí leer la parte de verdad que había en ella. Fue un alivio. Como si fuera el último de los regalos que me hiciste.
Y después de más de un año me permití llorar por ti. Y por todo lo que te llevaste contigo y todo lo que dejaste aqui muerto. Porque cada nuevo tropiezo me recuerda a ti, lleva tu nombre escrito, tu peso en mi espalda.
Es lo único que no te perdono. Lo que mataste en mi.
Y a pesar de todo, te recuerdo y a veces, sonrio.
Y me pregunto cuando podré decirte adiós del todo.
De un tiempo lejano,
a esta parte ha venido perdido
sin tocarme la puerta,
recuerdo entrometido.
De un tiempo olvidado,
ha venido un recuerdo mojado,
de una tarde de lluvia,
de mi pelo enredado...
Sólo me colgué una vez en el pasado,
presenté mis credenciales a tu risa
y me clavaste una lanza en el costado.